Artículo publicado en Rolling Stone México
Crónica del día en que nos tocó ponernos un casco y guantes para levantar a la Ciudad de México tras el sismo de magnitud 7.1
“¡Pásale tú primero!”, me grita un compañero montado en su bicicleta, mientras detiene el tránsito que fluye sobre Ángel Urraza. Somos más de 15 ciclistas los que nos dirigimos al Hospital 20 de Noviembre con una carga de pañales y equipo médico en nuestras mochilas.Los centros de acopio en la ciudad se encuentran saturados, el problema es hacer llegar esos víveres a donde se necesitan.
La impotencia de no poder hacer nada, ante la mala organización que se tiene en algunos centros de acopio, nos obligó a dejar nuestro grupo original y organizar un equipo independiente para ayudar a transportar víveres de un lugar a otro.
Metro Portales: nuestro primer destino como mensajeros. Se encuentra a 3.8 kilómetros de Gabriel Mancera, donde cargamos las mochilas. Al llegar nos recibió un mundo de víveres. Al parecer nuestro viaje fue en vano, pues una falsa noticia provocó que nos enviaran a un lugar que se encontraba saturado de bienes. Repartimos las bolsas entre los miembros del grupo, nos cargamos de equipo médico y partimos nuevamente a Gabriel Mancera. Esta vez en contra flujo. Casi nos atropellan. Tal vez fue una decisión imprudente, aunque con la adrenalina del momento, para nosotros fue la adecuada.
Cuando llegamos nos ofrecieron agua y comida, y después de un descanso intentamos acercarnos a la zona afectada, a una cuadra del centro de acopio. Aunque tuvimos que rodearla, ya que habían prohibido el paso por “exceso de gente”, nos damos cuenta que se requieren más manos. Encadenamos las bicicletas y nos formamos para ofrecer ayuda física. No tardamos en ingresar, equipados con cascos, guantes y tapabocas, los militares nos enfilan en líneas de trabajo para agarrar material.
Recibo cubeta por cubeta, son pesadas, el calor es intenso y el cansancio empieza a pegar. El silencio en la zona de trabajo es impresionante. No se escucha una sola voz, solo resaltan los ruidos de la maquinaria y de las cubetas al vaciarse. No hace falta levantar los puños para pedir que la gente se calle. El grupo funciona al estilo de una máquina de reloj suizo.
En un momento de descanso comienzo a platicar con la militar que se encuentra a mi lado. En su casaca pixeleada de diferentes tonos de verde se alcanza a leer “Guzmán”.
“¿Cuánto tiempo llevan aquí?”, le pregunto.
“Estamos desde ayer, solo fuimos al Campo I a bañarnos, comer algo”, me contesta, mientras gira el cuerpo para recibir nuevamente una cubeta.
A pesar de todo, Guzmán se encuentra de muy buen humor, con bastante fuerza y muy optimista. Lo único que le molesta son la gente que toma fotos, aunque a ella le gusta la fotografía. La conversación se ve interrumpida por la señal de silencio.
Van dos horas desde que empezamos a acarrear material. Una señora se acerca a ofrecernos agua y comida. Aprovecha para pedirnos que salvemos las fotos que encontremos entre los escombros. Las piensa escanear y y publicar en Facebook para ver si encuentra a los dueños. Así por lo menos recuperarán algunos recuerdos.
Mujeres y hombres trabajan por igual, sin importar su empleo o clase social. “Los jóvenes tomaron las calles de la CDMX. Espero que ya no la suelten”, se menciona en distintas las redes sociales. Los hechos contradicen la idea popular que se tenía sobre la apatía social de la generación millennial.
Las labores de rescate y reconstrucción, no son cosa de dos días. Solamente podemos esperar que la gente siga respondiendo a los llamados de ayuda y cada quién, desde su trinchera, apoyar de la manera que pueda.
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